martes, 25 de agosto de 2009

Eloy Alfaro y el Liberalismo

Eloy Alfaro de muy temprana edad se dedicó a la actividad comercial, entro de lleno a la Política. Pronto entro al ejército distinguiéndose por su aptitud al estudio. Alfaro llegó al poder en 1895. El 5 de junio de 1895 estalló una revolución encabezada por Eloy Alfaro, quien instauró el liberacionismo. Alfaro llevó a cabo en Ecuador una fuerte transformación doctrinaria que significó la ruptura entre la Iglesia y el Estado, la confiscación de los bienes eclesiásticos, la abolición del catolicismo como religión estatal, la enseñanza laica y el divorcio

Si se buscan modelos o paralelos para la carrera de Alfaro, el ejemplo más adecuado sería Garibaldi, quien, por cierto, pasó en 1851 por Guayaquil cuando ya era famoso por su defensa de Roma. Alfaro tenía a la sazón nueve años. Se asemejaba a Garibaldi en el coraje, el ánimo, la habilidad de improvisar, el trato sencillo, el absoluto desinterés, una nobleza de carácter premarxista y republicano,
y en su anticlericalismo. La historiografía moderna ecuatoriana se halla tan ansiosa de definir la revolución liberal, que encontró en él a su imprescindible caudillo, como una revolución burguesa, como un movimiento de los intereses comerciales y explotadores de la costa contra los elementos clericales-latifundistas
de la sierra, que se pasan por alto muchas de las mencionadas cualidades garibaldinas y se distorsiona la naturaleza de su revolución, reduciéndose aún su importancia.
El padre de Alfaro era comerciante, pero la primera vez que puso al joven Eloy a cargo del negocio, invirtió todo el capital disponible en una revolución. Más tarde el propio Eloy, en el exilio, amasó una fortuna con sus negocios en Panamá, donde además se casó bien. Empleó dicha fortuna en nuevas revoluciones,
abandonando a su adorada familia en condiciones difíciles. Las cartas son menos numerosas de lo que deberían ser, escribió uno de sus hijos, debido al precio de los sellos. En las pausas entre sus viajes a Ecuador, prestó sus servicios a la causa liberal-radical de América Central. Alfaro siempre consideró el liberalismo
como una causa universal y, para 1895, tenía ya ciertamente una reputación
en América Latina, derivada de sus proezas militares, espectaculares aunque no siempre afortunadas. Su reputación se mantuvo y se divulgó por sus contactos
con otros liberales y revolucionarios como Joaquín Crespo en Venezuela, el nicaragüense José Santos Zelaya, los cubanos José Martí y Antonio Maceo, y colombianos como los periodistas y panfletistas José María Vargas Vila y «El Indio» Juan de Dios Uribe. Fue admirador, amigo, aliado y mecenas del original
Cicerón suramericano, su compatriota Juan Montalvo. En suma, fue un revolucionario profesional. No es preciso calificarlo de burgués, como no es preciso calificar así a su paralelo colombiano, Rafael Uribe Uribe, aunque fue administrador profesional de fincas cafeteras. Esto no le impidió dirigir un movimiento que, en sus intenciones y resultados, puede en parte caracterizarse adecuadamente como burgués.
Los comerciantes y banqueros de Guayaquil y los cultivadores de cacao no habían carecido de poder en gobiernos anteriores —puede argumentarse que «la argolla» le convenía, a muchos de ellos, más que el «alfarismo»—, pero su dominio aparece más completo y seguro al final del ciclo alfarista. Sin embargo, la revolución liberal contó también con el apoyo de grupos pequeñoburgueses, de funcionarios menores y maestros de escuela y, aparte de ellos, atrajo también al pueblo.

El programa liberal quedó sintetizado en un práctico catálogo publicado en El Pichincha, periódico radical semioficial de Quito:
1. Decreto de manos muertas.
2. Supresión de los conventos.
3. Supresión de los monasterios.
4. Educación laica obligatoria.
5. Libertad de los indígenas.
6. Abolición del Concordato.
7. Secularización eclesiástica.
8. Expulsión de los sacerdotes extranjeros.
9. Ejército fuerte y bien pagado. 10. Ferrocarril al Pacífico.

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